Categoría: Estrategia

  • El zorro y el gallo: una ingeniosa lección de astucia

    El zorro y el gallo: una ingeniosa lección de astucia

    Lección de astucia en la historia del zorro y el gallo. Aprende cómo la inteligencia te ayuda a vencer desafíos y protegerte con ingenio y prudencia

    Había una vez un gallo que vivía
    en lo alto de un viejo granero. Todas las mañanas, con el primer rayo de sol,
    cantaba fuerte y claro, despertando a todos los animales de la granja. 

    Un día,
    un zorro astuto que andaba merodeando por los alrededores escuchó el canto del
    gallo y decidió que lo convertiría en su próxima comida. Ver El inspirador cuento del zorro y las gallinas

    El zorro y el gallo: una lección de astucia

    El zorro se acercó al granero y
    con una voz melosa llamó al gallo:

    —Buenos días, querido amigo
    gallo. He oído que eres el mejor cantante de toda la comarca. ¿Podrías bajar
    para que pueda escucharte mejor? Tu voz es tan maravillosa que quiero
    disfrutarla de cerca.

    El gallo, que había oído hablar
    de las tretas de los zorros, respondió con astucia:

    —Claro, zorro. Pero, ¿por qué no
    subes tú aquí? Desde lo alto del granero, mi canto suena aún mejor. Además, la
    vista es hermosa y seguro que disfrutarás de un buen espectáculo.

    El zorro, ansioso por atrapar al
    gallo, intentó trepar al granero. Pero el techo era resbaladizo y empinado, y
    no pasó mucho tiempo antes de que el zorro resbalara y cayera de bruces al
    suelo, golpeándose la cabeza. Aturdido y humillado, el zorro se levantó y miró
    al gallo con furia.

    —¡Maldito gallo! —gruñó el
    zorro—. ¿Cómo te atreves a engañarme así?

    El gallo, riéndose, respondió:

    —Querido zorro, no es engaño usar
    la inteligencia para evitar el peligro. Tú querías engañarme para comerme, pero
    al final, quien cayó en la trampa fuiste tú mismo.

    El zorro, avergonzado, se marchó
    con la cola entre las patas, prometiendo nunca más subestimar la astucia de un
    gallo.

    Moraleja: La verdadera astucia no
    reside en engañar a los demás, sino en utilizar la inteligencia para protegerse
    y actuar con prudencia. 
    Ver Las 20 leyes de la astucia

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  • El Emperador que transformaba completamente a sus enemigos

    El Emperador que transformaba completamente a sus enemigos

    Descubre la increíble estrategia del Emperador: transformó enemigos en aliados leales y consolidó su poder con inteligencia y visión única.

    Durante varios siglos después de la caída de la dinastía Han (año 222 d.C.) la historia china presenta una serie de golpes de Estado violentos y sangrientos, uno tras otro. Los hombres del ejército conspiraban para asesinar a un emperador débil, para luego reemplazarlo por un general fuerte y colocarlo en el trono del dragón. 
    El Emperador que transformaba a sus enemigos
    El Emperador que transformaba a sus enemigos


    El general iniciaba una nueva dinastía y se hacía coronar emperador. Para asegurar su supervivencia, asesinaba a los generales que lo habían acompañado en el golpe. Algunos años más tarde, sin embargo, el modelo volvía a repetirse: nuevos generales volvían a levantarse y asesinaban al emperador o a sus hijos. Ser emperador de China significaba estar solo, rodeado por una jauría de enemigos. Era la posición de menor poder y seguridad que existía.

    En el año 959 d.C., el general Chao K’uang-yin se convirtió en el emperador Sung. Tenía plena conciencia de que era muy probable que, en el término de uno o dos años, lo asesinaran. ¿Cómo podía hacer para romper ese esquema? Al poco tiempo de haber sido entronizado como emperador, Sung ordenó que se realizara un banquete para celebrar el advenimiento de la nueva dinastía, al que invitó a los más poderosos comandantes del ejército. Después de que todos bebieron mucho vino, Sung despidió a los guardias y a todos los demás invitados, menos a los generales, que empezaron a temer que el emperador los asesinara de un solo golpe.
     
    El emperador, en cambio, les dijo: «Paso todo el día temiendo por mi vida, y me siento desdichado, tanto a la mesa como en mi cama. Porque, ¿quién de ustedes no sueña con arrebatarme el trono? No es que dude de su lealtad, pero si, por una de esas casualidades, sus subordinados, buscando riqueza y poder, obligaran a alguno de ustedes a vestir la túnica amarilla, ¿quién podría rehusarse?». Ebrios y temerosos por su vida, los generales reiteraron, una y otra vez, su inocencia y su lealtad. Pero Sung tenía otros planes. «La mejor forma de pasar los días es disfrutando en paz de las riquezas y los honores. Si ustedes están dispuestos a renunciar a sus mandos, yo, por mi parte, estoy dispuesto a brindarles prósperas tierras y bellas viviendas, donde puedan disfrutar del placer, acompañados por cantantes y mujeres hermosas.»

    Los generales, atónitos, comprendieron que, en lugar de luchas y angustias, Sung les ofrecía riquezas y seguridad.

    Al día siguiente, todos los generales presentaron su renuncia y se retiraron como nobles a las propiedades que Sung les había obsequiado. En un golpe magistral, Sung convirtió a una manada de «amigables» lobos, que sin duda lo habrían engañado y atacado por la espalda, en un grupo de dóciles corderos, alejados de todo poder.

    Durante los arios siguientes, Sung continuó su campaña para asegurar su poder absoluto. En 971 d.C., King Liu, oriundo de la sureña provincia de Han, al fin se rindió ante él, al cabo de arios de rebelión. Para gran sorpresa de Liu, Sung le otorgó una posición de alto rango en la corte imperial y lo invitó al palacio para sellar su nueva amistad con una copa de vino. Cuando Liu tomó la copa, titubeó un instante, temiendo que contuviera veneno. «Los crímenes de este súbdito sin duda merecen la muerte —exclamó—, pero yo pido a Su Majestad que perdone la vida a este súbdito. No me atrevo a probar este vino.» El emperador Sung se echó a reír y, tras tomar la copa de manos de Liu, la vació de un solo trago. El vino no estaba envenenado. A partir de ese momento, Liu se convirtió en el amigo más confiable y leal de Sung.

    En aquel tiempo, China se había dividido en numerosos pequeños reinos. Cuando Ch’ien Shu, rey de uno de ellos, fue derrotado, los ministros de Sung aconsejaron al emperador encarcelar al rebelde. Le presentaron documentos que probaban que Ch’ien Shu seguía conspirando para asesinar a Sung. Sin embargo, cuando Ch’ien Shu fue a visitar al emperador, éste, en lugar de encerrarlo en una cárcel, lo recibió con todos los honores. También le obsequió un paquete y le pidió al rey que sólo lo abriera cuando estuviese a mitad del camino hacia su casa. Ch’ien Shu abrió el envoltorio durante su viaje de regreso, y vio que contenía toda la documentación referente a su conspiración. Se dio cuenta, entonces, de que Sung sabía de sus planes asesinos y que, sin embargo, le había perdonado la vida. Esa generosidad lo convirtió y pronto fue uno de los súbditos más leales de Sung.
    Un proverbio chino compara a los amigos con las mandíbulas y los dientes de un peligroso animal: si uno se descuida, se encuentra con que terminan masticándonos.

    El emperador Sung conocía las mandíbulas que lo rodeaban cuando asumió el trono: Sus «amigos» del ejército lo masticarían como si fuese un trozo de carne y, si llegaba a sobrevivir, sus «amigos» del gobierno se lo comerían para la cena.

    El emperador Sung no quiso tener trato con sus «amigos», sino que sobornó a sus generales colegas con espléndidas propiedades y los mantuvo bien alejados. Ésta era una forma mucho mejor de anularlos que matándolos, -lo que sólo hubiese provocado la venganza de otros generales. Sung tampoco quiso tener nada que ver con ministros «amistosos». Más de una vez, terminarían bebiendo su famosa copa de vino envenenado.

    En lugar de confiar en sus amigos, Sung utilizó a sus enemigos, uno tras otro, transformándolos en súbditos mucho más confiables. Mientras que un amigo espera más y más favores y hierve de celos y envidia, los ex enemigos no esperaban nada y recibieron todo. Un hombre que se encuentra con que de pronto le perdonan la vida es, sin duda, un hombre agradecido e irá hasta el fin del mundo por el hombre que le concedió esa gracia. Con el correr del tiempo, sus antiguos enemigos se convirtieron en los más confiables amigos de Sung. Ver Las 20 leyes de la astucia

    Y, por último, Sung logró romper con el ciclo continuo de golpes de Estado, violencia y guerra civil: la dinastía Sung gobernó la China durante más de trescientos años. Ver Las 20
    leyes de la astucia
    Fuente: Las 48 leyes del Poder, de Robert Greene VER RESUMEN

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