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| ¿Qué es ser inteligente? |
¿Qué es ser inteligente?
Deficiencia emocional
En los laboratorios Bell de los
Estados Unidos, por ejemplo, se realizó un estudio para descubrir por qué
algunos científicos tenían un mal desempeño en los trabajos a pesar de una
comprobada habilidad intelectual. Ver Lo que
nunca te enseñaron
La investigación sacó a la luz
que los empleados que no eran apreciados por tener capacidades emocionales y
sociales deficientes eran dejados de lado por sus colegas, de la misma manera
que el «traga» o el «mandaparte» quedan al margen de los
juegos en el recreo. Al permanecer aislados, se perdían un importante punto de
encuentro para el intercambio de información profesional y un lugar donde
buscar consejos al quedar atascados en algún proyecto.
«Los elementos de la
inteligencia emocional -el autoconocimiento, la autodisciplina, la motivación,
la empatía y la capacidad de trabajar en equipo- pueden parecer poco
profesionales», reconoció Goleman.
Pero la inteligencia emocional no
significa controlar el enojo o llevarse bien con todo el mundo. Es «tener
la habilidad para conocerse a sí mismo y entender el bagaje emocional ajeno lo
suficientemente bien como para influir en la dirección de la empresa»,
afirmó el especialista. A pesar de los miles de adeptos que cosechó en todo el
mundo, este nuevo concepto no convence a todos.
«El concepto de inteligencia
emocional es popular y útil… digamos que emocionalmente. La evidencia
científica que lo sostiene todavía es débil», destacó Sternberg.
Claro que sea cual fuere la
definición más apropiada de «inteligencia», lo cierto es que hay
ciertos personajes de la historia que serían paradigmas de cualquiera de ellas.
«Aristóteles, por haber
construido el primer sistema filosófico; Descartes, por su enorme curiosidad y
la forma en que pudo relacionar disciplinas tan disímiles como la matemática,
la física, la anatomía y la teología. Y Einstein, porque a los 25 años escribió
tres artículos, cada uno de los cuales merecía un premio Nobel», aseguró
Bunge.
Como Einstein y Aristóteles
Pero este tipo de inteligente,
¿se nace o se hace? Si nos entrenamos, ¿podemos ser como ellos? «Por el
momento, no», desalientan Graciela de Ipola y Cristina Rodríguez Varela,
las creadoras del Sistema Operativo Inteligente (SOI) del Instituto Tecnológico
de Buenos Aires (ITBA).
«Con los conocimientos
científicos actuales, nadie -por más que se entrene- podrá sobresalir como
Einstein o Picasso si no está en su naturaleza genética hacerlo. Sin embargo,
cada uno de nosotros tiene un potencial neuronal de expansión inteligente que
seguramente no utilizamos ni explotamos al máximo, y que podemos desarrollar
mediante entrenamiento adecuado.»
Claro que no sirve aprender a
jugar ajedrez para entrenarse en planificación: «Es preciso hacerlo dentro
del área de desempeño, porque al cerebro le cuesta transferir espontáneamente
lo aprendido de un área a otra», afirman las especialistas locales. Con
esto, aparentemente el cerebro izquierdo y el derecho tendrían poco que ver:
«Se ha exagerado mucho y se ha hecho mucha literatura barata al
respecto», subrayó Bunge.
Más duro aún, Sternberg afirmó
que «las únicas personas que siguen promoviendo esta idea son aquellos que
saben poco o nada sobre el cerebro, y los que quieren enriquecerse a costa de
una idea que fue invalidada científicamente hace años».
Números y cráneos
También se encuentra en baja la
fe ciega en el coeficiente intelectual que marcó el siglo XX. Inventada por
Alfred Binet en 1905, la supuesta objetivación de la inteligencia en un número
fue utilizada para discriminar a «grupos indeseables» en políticas de
inmigración y esterilización.
«El problema de fondo está
en la tendencia del hombre a cosificar todo. Nombramos con el término
inteligencia a ese enormemente complejo y multifacético conjunto de capacidades
humanas, y pretendemos que un número pueda resumirlo y así establecer
jerarquías», confirmó a La Nación el científico de Harvard y autor del
famoso estudio sobre la medición de la inteligencia «The mismeasure of
man», Stephen Jay Gould.
Claro que no estamos en presencia
de un fenómeno nuevo. En el siglo XIX hizo furor en los círculos científicos y
ante la opinión pública otro intento por clasificar la inteligencia: la
craneometría, o el estudio del tamaño de los cerebros. Su figura más
sobresaliente fue el fundador de la Sociedad Antropológica de París, Paul
Broca. Para su escuela, cuanto más grande el cerebro, más inteligente la
persona, lo cual inmediatamente sirvió para explicar la inferioridad mental de
las mujeres.
Claro que enseguida se
encontraron con problemas. El cerebro de Walt Whitman, por ejemplo, pesaba la
mísera cantidad de 1,282 gramo. Peor aún, se descubrió la gran cantidad de
asesinos con una enorme masa de materia gris. Pero simplemente concluyeron que
para un crimen perfecto también hace falta pensar mucho.
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