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EL ARTE DE LA ESTRATEGIA

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Las 48 leyes del poder. Ley 26 MANTENGA SUS MANOS LIMPIAS

Estrategias de Occidente > Las 48 leyes del poder. Robert Greene > Las 48 leyes del poder. Robert Greene 25-36

Es necesario que, en todo momento, usted aparezca como paradigma de la corrección y la eficiencia. Sus manos nunca se ensuciarán por actos ilícitos o por descuidos. Mantenga esa apariencia impecable, utilizando a otros como testaferros o pantallas para ocultar, cuando sea necesario, su participación personal en hechos de esta índole.


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Las 48 leyes del poder. Ley 26 MANTENGA SUS MANOS LIMPIAS


Hacia fines del siglo II d.C., cuando el poderoso imperio Han, de la China, comenzó a derrumbarse, el gran general y ministro imperial Cao Cao surgió como el hombre más poderoso del país. Buscando ampliar su base de poder y librarse del último de sus rivales, Cao Cao inició una campaña para obtener el control de la Planicie Central, de gran importancia estratégica. Durante el sitio a una de las ciudades clave, Cao Cao calculó mal el tiempo que tardaría en llegarle, desde la capital, el aprovisionamiento de grano. Mientras esperaba el cargamento, entre las tropas comenzó a escasear el alimento, y Cao Cao se vio obligado a ordenar al intendente en jefe que redujera las raciones.

Cao Cao, que dirigía su ejército con riendas firmes, disponía de una red de informantes. Los espías pronto le informaron que sus hombres estaban muy disconformes y murmuraban que el general imperial llevaba una buena vida mientras que ellos apenas si tenían suficiente para comer. Además, sospechaban que quizá Cao Cao acaparaba las raciones para él. Si tales protestas se generalizaban, Cao Cao se debería enfrentar a un motín. Entonces llamó a su puesto de mando al intendente jefe.

"Necesito pedirte algo, y no debes negármelo", dijo Cao Cao al intendente. "¿De qué se trata?", preguntó éste. "Quiero que me prestes tu cabeza, para mostrársela a las tropas", respondió Cao Cao. "¡Pero si no cometí ningún delito!", exclamó el intendente. "Ya lo sé -replicó Cao Cao con un profundo suspiro de pesar-. Pero si no te hago ejecutar, habrá un motín entre las tropas. No te preocupes; después de tu muerte cuidaré de tu familia." El intendente no tenía alternativa, de modo que se resignó a su suerte y fue decapitado aquel mismo día. Al ver su cabeza exhibida en público, los soldados dejaron de murmurar. Algunos adivinaron la estratagema de Cao Cao, pero guardaron silencio, aterrados e intimidados por su violencia. Y la mayoría aceptó la versión del general acerca de quién era el culpable, pues prefirieron creer en la sabiduría, y la justicia del líder, antes que en su incompetencia y su crueldad.

Cao Cao ascendió al poder en tiempos en extremo turbulentos. En la lucha por la supremacía dentro del decadente imperio Han, habían surgido enemigos en todas partes. La batalla por el dominio de la Planicie Central resultó más difícil de lo que el general había imaginado, y el dinero y las provisiones constituían un problema constante. No era de extrañar que, bajo semejante presión se hubiese olvidado de pedir a tiempo el reabastecimiento de sus tropas.

Una vez que comprendió que aquella demora constituía un error muy grave y que el ejército estaba al borde del amotinamiento, Cao Cao tenía dos opciones: presentar excusas y disculpas, o recurrir a un chivo expiatorio. Como comprendía a la perfección los mecanismos del poder y la importancia de las apariencias, Cao Cao no titubeó un instante: buscó la cabeza más conveniente y la hizo cortar de inmediato.


Cometer errores


A veces es inevitable cometer un error; el mundo es demasiado impredecible. Sin embargo, los poderosos no caen por los errores que cometen sino por la forma en que los manejan. Al igual que un cirujano, deben extirpar el tumor de manera rápida y definitiva. Las excusas y las disculpas son armas demasiado romas para una operación tan delicada, y los poderosos las evitan con cuidado. Al disculparse, usted da lugar a que se dude de su competencia y sus intenciones, y siembra sospechas respecto de otros posibles errores que quizá no haya confesado. Las excusas no satisfacen a nadie y las disculpas incomodan a todos. Además, el error no desaparece con una disculpa; sólo se profundiza y comienza a supurar. Lo mejor es extirparlo de inmediato, desviando la atención de nuestra persona y focalizándola en un chivo expiatorio conveniente, antes de que la gente tenga tiempo de ponderar nuestra responsabilidad o posible incompetencia.

La insensatez no consiste en cometer una insensatez, sino en ser incapaz de ocultarla. Todos los hombres cometen errores, pero el hombre sabio oculta las faltas cometidas, mientras que el tonto las hace públicas. La reputación depende más de lo que se oculta que de lo que se ve. Si no puede ser bueno, sea cuidadoso. Baltasar Gracián

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