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EL ARTE DE LA ESTRATEGIA

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Los 8 tipos de anti seductores

El Arte de la Seducción > Cómo crearte una personalidad seductora

Los anti seductores pueden adoptar muchas formas y clases, pero casi todos comparten un atributo, el origen de su fuerza repelente: la inseguridad.

Todos somos inseguros, y sufrimos por ello. Pero a veces podemos superar esa sensación: un compromiso
seductor puede sacarnos de nuestro usual ensimismamiento; y en el grado en que seducimos o somos seducidos, nos sentimos apasionados y seguros. Los antiseductores, en cambio, son hasta tal punto inseguros que es imposible atraerlos al proceso de la seducción. Sus necesidades, sus ansiedades, su apocamiento los cierran. Interpretan la menor ambigüedad de tu parte como un desaire a su ego; ven el mero indicio de alejamiento como traición, y es probable que se quejen amargamente de eso. Parece fácil: los anti seductores repelen, así que son repelidos: evítalos.

Lo mejor es deshacerse pronto de los anti seductores, antes de que hundan sus ávidos tentáculos en ti, así que aprende a identificar las señales que los distinguen. Estos son los principales tipos

El bruto. Si la seducción es una especie de ceremonia o ritual, parte del placer es su duración: el tiempo que tarda, la espera que intensifica la expectación. Los brutos no tienen paciencia para estas cosas; les interesa su placer, no el tuyo. Ser paciente es demostrar que piensas en la otra persona, lo que nunca deja de impresionar. La impaciencia tiene el efecto opuesto: como suponen que estás tan interesado en ellas que no tienen razón para esperar, los brutos ofenden con su egoísmo. Bajo ese egotismo suele haber también un corrosivo complejo de inferioridad, así que si los desdeñas o los haces esperar, reaccionan en forma exagerada. Si sospechas que tratas con un bruto, aplica una prueba: haz esperar a esa persona. Su reacción te dirá todo lo que necesitas saber.

El sofocador. Los sofocadores se enamoran de ti antes siquiera de que estés semiconsciente de su existencia. Esta inclinación es engañosa —podrías pensar que te consideran avasallador—, porque el hecho es que padecen un vacío interior, un profundo pozo de necesidades que no se puede llenar. Jamás te enredes con sofocadores; es casi imposible librarte de ellos sin un trauma. Se afeitan a ti hasta que te obligan a retirarte, tras de lo cual te asfixian con culpas. Tendemos a idealizar al ser amado, pero el amor tarda en desarrollarse. Reconoce a los sofocadores por lo rápido que te adoran. Tanta admiración podría dar un momentáneo impulso a tu ego, pero en el fondo sentirás que esas intensas emociones no se relacionan con nada que hayas hecho. Confía en tu intuición. Una sub-variante del sofocador es el tapete, la persona que te imita de modo servil. Identifica pronto a este tipo viendo si es capaz de tener una idea propia. La imposibilidad de discrepar de ti es mala señal.

El moralizador. La seducción es un juego, y debe practicarse con buen humor. En el amor y la seducción todo se vale; la moral no cabe nunca en este marco. Pero el carácter del moralizador es rígido. Se trata de personas que siguen ideas fijas e intentan hacer que te pliegues a sus normas. Quieren que cambies, que seas mejor, así que no cesan de criticarte y juzgarte: tal es su gusto en la vida. Lo cierto es que sus ideas morales se derivan de su infelicidad, y esas mismas ideas encubren el deseo de los moralizadores de dominar a quienes los rodean. Su incapacidad para adaptarse y disfrutar les hace fáciles de reconocer; su rigidez mental también puede ser acompañada de tensión física. Resulta difícil no tomar sus críticas como algo personal, así que es mejor evitar su presencia y sus venenosos comentarios.

El avaro. La tacañería indica algo más que un problema con el dinero. Es una señal de algo refrenado en el carácter de una persona, algo que le impide soltarse o correr riesgos. Este es el rasgo más antiseductor de todos, y no te puedes permitir ceder a él. La mayoría de los avaros no se dan cuenta de que tienen un problema; creen que cuando dan migajas a alguien, son generosos. Examínate con atención: tal vez seas más tacaño de lo que piensas. Intenta dar más, tanto dinero como de ti mismo, y descubrirás el potencial de seducción de la generosidad selectiva. Claro que debes mantener tu generosidad bajo control. Dar demasiado podría ser un signo de desesperación, de que quieres comprar a alguien.

El farfullador. Los farfulladores son personas cohibidas, y su cohibición acentúa la tuya. Al principio podrías creer que piensan en ti al grado de volverse torpes. Pero de hecho sólo piensan en sí mismos: les preocupa su aspecto, o las consecuencias para ellos de su tentativa de seducirte. Su inquietud suele ser contagiosa: pronto te preocuparás también, por ti. Los farfulladores llegan rara vez a las últimas etapas de la seducción; pero si lo hacen, también echan a perder eso. En la seducción, el arma clave es la audacia, lo que priva de tiempo al objetivo para detenerse a pensar. Los farfulladores no tienen sentido de la oportunidad. Podría parecerte divertido tratar de instruirlos o educarlos; pero si siguen farfullando pasada cierta edad, es muy probable que su caso sea irremediable: son incapaces de salir de sí mismos.

El locuaz. La seducción más efectiva se lleva a cabo con miradas, acciones indirectas, señuelos físicos. Las palabras ocupan un lugar aquí, pero demasiadas romperán por lo general el encanto, agudizando así las diferencias superficiales y sobrecargando la situación. La gente que habla mucho suele hablar de sí misma. Jamás adquirió esa voz interior que pregunta: "¿Te estoy aburriendo?'. Ser locuaz es tener un egoísmo muy arraigado. Nunca interrumpas ni discutas con personas de este tipo; eso sólo estimulará su charlatanería. Aprende a toda costa a controlar tu lengua.

El reactor. Los reactores son demasiado sensibles, no a ti sino a su ego. Examinan todas y cada una de tus palabras y actos buscando señales de desaires a su vanidad. Si retrocedes estratégicamente, como a veces deberás hacerlo en la seducción, cavilarán y arremeterán contra ti. Son propensos a quejarse y gimotear, dos rasgos muy antiseductores. Ponlos a prueba contando un chiste moderado a sus expensas: todos deberíamos poder reírnos un poco de nosotros mismos, pero el reactores incapaz de hacerlo. Puedes adivinar resentimiento en sus ojos. Elimina todos los rasgos reactivos de tu carácter: repelen inconscientemente a la gente.

El vulgar. Los vulgares no ponen atención a los detalles, tan importantes en la seducción. Puedes comprobar esto en su apariencia personal —su ropa es de mal gusto desde cualquier punto de vista— y en sus actos: ignoran que a veces es mejor controlarse, no ceder a los propios impulsos. Los vulgares: dicen todo en público. No tienen sentido de la oportunidad y rara vez están en armonía con tus gustos. La indiscreción es señal segura del vulgar (contar a otros el romance entre ustedes, por ejemplo); este acto podría parecer impulsivo, pero su verdadera fuente es el egoísmo radical de los vulgares, su incapacidad para verse como los demás los ven. Más que sólo evitarlos, conviértete en su contrario: tacto, estilo y atención a los detalles son todos ellos requisitos básicos de un seductor.

Extraído del libro “El Arte de la
Seducción”, de Robert Greene

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