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EL ARTE DE LA ESTRATEGIA

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Los Cátaros

Pensamiento de Occidente > Francia

Extractado del libro de Carlos Fisas "Usos y costumbres en la historia". Desde hace un tiempo el catarismo se ha puesto de moda. Por su proximidad a la frontera con Francia, en Cataluña son normales las excursiones al país cátaro con visitas a Carcasona, Béziers, Albi, Codes y Montségur, santuarios todos ellos de esta curiosa herejía que no es muy conocida gracias precisamente al celo infatigable de los inquisidores que persiguieron a sus adeptos y que consignaron por escrito sus confesiones. Su vida y costumbres son curiosas y reflejan una muy interesante actitud ante la vida.

El término «cátaro» proviene del griego Catharos, que significa «puro», y si por otro motivo son conocidos como albigenses es debido a la importancia que tuvieron sus comunidades en la ciudad y región del Albi, situada en el sur de Francia.

Simplificando mucho sus creencias, podemos decir que eran descendientes del maniqueísmo, según el cual el bien estaba separado del mal como la luz de la oscuridad. Consideraban al hombre como un campo de batalla donde el dios de la luz y el de las tinieblas se enzarzaban en un combate sin cuartel. La materia, creación exclusiva del mal, debía desaparecer, y para permitir que el alma se liberase los cátaros seguían una vida casta y se alimentaban lo menos posible. Steven Runciman dice que si la cosa hubiese sido posible los cátaros habrían deseado el suicidio de la raza humana, sea directamente, sea absteniéndose de procrear hijos.

La castidad no tenía para ellos el mismo valor que para los católicos. Los cátaros no condenaban la actividad sexual mientras fuese estéril sino el matrimonio y la procreación, y por ello se les acusó de orgías contra natura.

Se dividían en creyentes y perfectos, los primeros lo eran a través de una ceremonia llamada
convenza y estaban al servicio de los perfectos. Era necesario pasar por duras pruebas para transformarse en perfecto, hasta el punto que muchos de quienes lo intentaban debían renunciar a ello. Al cabo de un tiempo de iniciación se recibía el consolamentum, y desde este momento el perfecto debía llevar una vida irreprochable no teniendo derecho a casarse y, si ya lo estaba debía abandonar a su familia. Nunca comían carne «ni queso, ni huevos, ni ningún ser nacido de la carne por vía de generación o de coito».

La vida de los cátaros estaba fijada por ciertas ceremonias religiosas que celebraban los perfectos, como el
melioramentium, por el que abjuraban de la religión católica, y el apparelliamentum, celebrado cada mes y que consistía en una confesión general. Todas esas ceremonias terminaban en un beso de paz, pero para evitar todo contacto directo entre un perfecto y una perfecta se transmitían el beso besando el Evangelio.

Los perfectos no tenían domicilio fijo y siempre iban acompañados por otro cátaro. No disimulaban su condición ni su creencia, porque llevaban un vestido negro y un especial cinturón de cuero. Predicaban en público y hacían tal muestra de valentía ante la muerte que se creyó que eran partidarios del suicidio. Después de haber recibido el
consolamentum, ciertos perfectos se disponían a la endura, es decir, que se dejaban morir de hambre creyendo que la muerte les llegaría en estado de gracia. De todos modos la práctica de la endura era excepcional. Su auténtica austeridad, que contrastaba con la corrupción del clero católico, conquisté muchos fieles.

El papa Inocencio III decidió organizar una cruzada contra los cátaros, ya entonces llamados albigenses. Ramón VI, conde de Tolosa, había prometido a Pierre de Castelnau, representante del Papa, ayudarle a perseguir a los herejes, pero en realidad no había movido un dedo para ello, por lo que el pontífice intentó obtener el apoyo del rey de Francia, Felipe Augusto, pero sin éxito, pues éste se hallaba muy ocupado en su lucha contra los ingleses y no le hizo caso.
Pero el 15 de enero de 1208, Pierre de Castelnau fue asesinado cuando salía de una entrevista con el conde de Tolosa, al parecer por orden de éste, lo que hizo que el Papa predicase una cruzada contra los albigenses dirigida por un guerrero famoso llamado Simón de Montfort. No es cuestión aquí de narrar las vicisitudes de esta contienda, baste decir que Pedro de Aragón, a pesar de ser llamado el Católico, tomó la defensa de los herejes dirigiendo su ejército contra Simón de Montfort siendo derrotado y muerto en la batalla de Muret el 12 de septiembre de 1213.

Como dato anecdótico se ha de consignar que el rey Pedro de
, según dice su hijo Jaime I en su crónica, había pasado la noche con una fogosa dama que le había dejado extenuado, hasta el punto que por la mañana estaba tan débil que al oír misa no pudo permanecer de pie durante el Evangelio y se vio obligado a sentarse. Claro está que revestido de su armadura no pudo aguantar el primer embate, por lo que cayó del caballo y fue muerto a continuación.

La lucha continuó y los albigenses fueron derrotados en diversas acciones guerreras. Es de notar que en Béziers sus habitantes se refugiaron en la catedral, lo que no impidió que fuesen asesinados todos, incluidos niños y ancianos. En esta ocasión se dice que consultado Arnaud Amairic, abad del Císter, sobre qué hacer con los pobres refugiados contestó: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos.» De todos modos, esta frase es falsa y fue inventada, casi un siglo después, por un cronista alemán.

Si por una parte la cruzada contra los albigenses hizo que la Iglesia viese reforzada su unidad y su poder, por otra fue el origen de la unidad de Francia, la cual condujo a la uniformidad jacobina que sirvió de ejemplo a otros países. Aunque ya se había ejercitado durante la monarquía absoluta e influido en España a través de la monarquía borbónica, fue después de la Revolución Francesa cuando la idea de la nación una e indivisible se abrió paso en contra de los nacionalismos entonces aplastados y que ahora vuelven a renacer.

Derrotados en varias batallas, los cátaros se refugiaron en el castillo de Montségur, situado en lo alto de un monte y que parecía verdaderamente inexpugnable. En 1232 los jefes cátaros habían acordado con el señor de Perella, dueño del castillo, que pasase lo que pasase les serviría de refugio. La hija de Ramón de Perella, Esclarmonda, era una cátara ferviente.
En 1242 albigenses salidos de Montségur asesinaron a los inquisidores que iban a Avignonet, lo que hizo que Hugo des Arcis, senescal de Carcasona, decidiese atacar el refugio cátaro. Para ello armó un ejército de diez mil hombres y, en mayo de 1243, puso sitio al castillo en el que permanecían cuatrocientos o quinientos cátaros, una pequeña guarnición de hombres armados y algunas familias que se habían refugiado allí para huir de la persecución.

Un cátaro traidor indicó a los sitiadores un camino que les permitió llegar hasta los pies de la fortaleza. Allí instalaron una catapulta que de día y de noche lanzaba bloques de piedra al interior del castillo. En vano intentaron los sitiados destruir la máquina infernal, y por fin Pierre Roger y Ramón de Perella anunciaron la rendición, que les fue concedida así como la vida a todos aquellos que renunciasen a su fe cátara.

El 15 de marzo de 1244 celebraron por última vez el equinoccio de primavera según el rito maniqueo. Al día siguiente una gigantesca hoguera se elevó a los pies del castillo y 210 perfectos, que habían escogido la muerte, se lanzaron a ella cantando; al frente de ellos iban el obispo Martí y la joven Esclarmonda junto con su madre, Corba de Perella, y su abuela, Marquesa de Lantard.

Se encargó a cuatro perfectos que escondiesen los libros sagrados y los tesoros de los cátaros. Con una cuerda fueron descendidos por una pared lisa y desaparecieron. ¿Dónde están los libros y los tesoros? En Cordes, cerca de Albi, me dijeron que se afirmaba que todo se encontraba en el fondo de un pozo que me señalaron, pero por más que se ha buscado en él no se ha encontrado nada. Se dice que libros y joyas se hallan en un lugar desconocido en el mismo Montségur, pero aparte de que las excavaciones hechas no han dado resultado, ¿cómo compaginar la existencia de valiosas joyas con la vida austera que llevaban los cátaros? Cierto es que si se encontrasen restos de objetos de culto o libros litúrgicos del catarismo harían las delicias de los estudiosos arqueólogos.

De todos modos, justo es indicar que Montségur se ha convertido en meta de curiosos que rememoran la vida y las costumbres de aquellos seres, hombres y mujeres que, en busca de un ideal de perfección, supieron, equivocados o no, dar muestra de su creencia y su buena fe llegando incluso a morir por su ideal.



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