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EL ARTE DE LA ESTRATEGIA

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Las 48 leyes del poder. Ley 28 SEA AUDAZ AL ENTRAR EN ACCIÓN

Estrategias de Occidente > Las 48 leyes del poder. Robert Greene > Las 48 leyes del poder. Robert Greene 25-36

Si se siente inseguro frente a determinado curso de acción, no lo intente. Sus dudas y titubeos se transmitirán a la ejecución del plan. La timidez es sumamente peligrosa; lo mejor es encarar toda acción con audacia.

Cualquier error que usted cometa por ser audaz se corregirá con facilidad mediante más audacia. Todo el mundo admira al audaz; nadie honra al timorato.


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Las 48 leyes del poder. Ley 28 SEA AUDAZ AL ENTRAR EN ACCIÓN


En mayo de 1925, cinco de los más exitosos comerciantes en chatarra de Francia fueron invitados a una reunión "oficial" pero "altamente confidencial" con el director general del Ministerio de Correos y Telégrafos en el hotel Crillon, en aquel entonces el más lujoso de París. Cuando los comerciantes llegaron al hotel, el director general en persona, un tal Monsieur Lustig, los recibió en una elegante suite del último piso.

Los hombres, que no tenían idea de por qué habían sido convocados a aquella reunión, estallaban de curiosidad. Después de servir las bebidas, el director les dijo: "Señores, éste es un asunto urgente que exige absoluta confidencialidad. El gobierno tendrá que demoler la torre Eiffel". Los comerciantes escucharon en atónito silencio mientras el director explicaba que, tal como se había informado hacía poco en los medios, la torre exigía urgentes reparaciones. En un principio había sido levantada como una estructura temporaria (para la Exposición Mundial de 1889), pero los costos de mantenimiento habían crecido de manera exagera-da durante los últimos años, y ahora, en un momento de crisis fiscal, el gobierno tendría que gastar millones para repararla. Muchos parisienses consideraban que la torre Eiffel era una ofensa a la estética y verían con agrado que desapareciera. Con el tiempo, hasta los turistas la olvidarían, y sólo perduraría en las tarjetas postales y en las fotos de época. "Señores -concluyó Lustig-, están invitados a presentar al gobierno sus ofertas por la torre Eiffel."

Lustig les entregó unas hojas que mostraban el membrete del ente estatal; en ellas figuraban las cifras correspondientes al proyecto, como el tonelaje de metal de la torre. Los comerciantes agrandaron los ojos cuando calcularon cuánto podrían ganar con aquella chatarra. Luego Lustig los condujo a una limusina que los aguardaba delante del hotel y los llevó hasta la torre Eiffel. Tras presentar un pase oficial, los guió por la construcción, matizando la visita con divertidas anécdotas. Al final de la recorrida, les agradeció y les pidió que, en el término de cuatro días, le hicieran llegar las ofertas a su suite del hotel.

Varios días después de presentadas las ofertas, uno de los cinco comerciantes, un tal Monsieur P., fue notificado de que su oferta había ganado la licitación y que, para asegurar la venta, debía presentarse en la suite del hotel en dos días, con un cheque certificado por más de 250.000 francos (lo que equivaldría hoy a 1.000.000 de dólares), es decir, una cuarta parte del precio total. Contra la entrega de dicho cheque, recibiría los documentos que le transferirían la propiedad de la torre. Monsieur P. estaba excitadísimo: pasaría a la historia como el hombre que compró y demolió el antiestético monumento. Pero al llegar al hotel, cheque en mano, comenzó a dudar del negocio. ¿Por qué tenían que encontrarse en un hotel, y no en un edificio gubernamental? ¿Por qué nunca había tratado con otros funcionarios del gobierno? ¿Se trataba de una farsa o una estafa? Mientras Lustig hablaba de las medidas que debían tomarse para demoler la torre, el comerciante, aún dudoso, contemplaba la idea de echarse atrás.

Sin embargo, de pronto se dio cuenta de que el director había cambiado de tono. En lugar de hablar de la torre, se quejaba de su bajo salario, de que su esposa insistía en que le comprara un abrigo de piel, y de lo frustrante que era trabajar tanto sin que se le reconocieran sus esfuerzos. Monsieur P. comprendió que aquel alto funcionario del gobierno le estaba pidiendo una coima. Pero, en lugar de ponerse furioso, sintió un profundo alivio. Ahora es-taba seguro de que Lustig era un genuino empleado gubernamental, dado que en todos sus encuentros anteriores con burócratas franceses, éstos siempre le habían pedido algún dinero "adicional". Recuperada la confianza en su interlocutor, Monsieur P. deslizó varios billetes de mil francos en el bolsillo del director y luego le entregó el cheque certificado. Él, a su vez, recibió la documentación prometida, que incluía un boleto de compra y venta de aspecto imponente. Abandonó el hotel soñando con las ganancias y la fama que obtendría.


Las 48 leyes del poder. Ley 28 SEA AUDAZ AL ENTRAR EN ACCIÓN. Victor Lustig vendiendo la Torre Eiffel


Sin embargo, durante los días siguientes, mientras esperaba recibir otros papeles del gobierno Monsieur P. comenzó a comprender que algo extraño sucedía. Después de hacer algunas llamadas telefónicas comprobó que en el Ministerio no existía ningún director general Lustig, y que no había ningún plan que contemplara la demolición de la torre Eiffel: había sido timado en más de 250.000 francos.

Monsieur P. nunca hizo la denuncia policial. Sabía la fama que se haría si en su círculo se enteraban de que había sido víctima de una de las más audaces estafas de la historia. Además de la humillación pública, habría sido un suicidio comercial.

Si el conde Víctor Lustig, el rey de los estafadores, hubiese intentado vender el Arco de Triunfo, un puente sobre el Sena o la estatua de Balzac, nadie le habría creído. Pero la torre Eiffel era algo demasiado grande, demasiado imposible de utilizar para una estafa. De hecho, tan imposible que Lustig pudo volver a París, seis meses después, y "revender" la torre Eiffel a otro comerciante en chatarra, esta vez por un precio aún mayor, una suma en francos que hoy equivaldría a más de 1.500.000 dólares.

Lo enorme engaña al ojo humano. Nos distrae y sobrecoge, y resulta tan evidente que no conseguimos imaginar que oculte un engaño. Ármese de grandiosidad y audacia: estire sus engaños lo más que pueda, y aún más allá. Si percibe que el incauto sospecha, haga como el intrépido Lustig: en lugar de batirse en retirada o bajar el precio, optó por aumentarlo más al pedir -y obtener- una coima. Pedir más pone a la otra persona a la defensiva, suprime el efecto negativo de la concesión o la duda, y abruma al otro con su audacia.

Sin duda creo que es mejor ser impetuoso que cauto, porque la fortuna es una mujer y, si usted quiere poseerla, es necesario conquistarla por la fuerza; es evidente que ella se deja dominar por el audaz y no por quienes proceden con cautela. Y, por lo tanto, igual que una mujer, siempre dispensa sus favores a los jóvenes, porque éstos son menos cautos, más agresivos y la conquistan con mayor audacia. Nicolás Maquiavelo

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