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EL ARTE DE LA ESTRATEGIA

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Los españoles y las Cruzadas (2)

Estrategias de Occidente > Genios de la Estrategia

Existen múltiples noticias que demuestran la presencia de españoles en Tierra Santa durante la época de las cruzadas, que se extiende a lo largo de doscientos años entre los siglos XI y XIII. Muchos de ellos eran simples mercaderes -la mayoría catalanes entregados al comercio marítimo- que aprovecharon el retroceso islámico para ampliar sus redes comerciales a través del Mediterráneo.


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Otros tantos eran peregrinos procedentes de todos los reinos cristianos peninsulares, dispuestos a cruzar el mundo para conocer los escenarios de la vida y la pasión de Cristo. Una práctica que, a pesar de su antigüedad -ya existían peregrinaciones a Tierra Santa en los primeros siglos del cristianismo-, cobró nueva fuerza a partir de la conquista de Jerusalén por parte de los cruzados en el año 1099.


Los españoles y las Cruzadas

Pero no todos los personajes que aparecen documentados en la Palestina de las cruzadas eran peregrinos o mercaderes. Un importante número de habitantes de la península viajó a Tierra Santa para combatir a los enemigos de la fe. Sus motivos fueron diversos, al igual que sus destinos. La historia de la mayoría de ellos permanece en el anonimato, aunque las fuentes documentales han guardado el testimonio de algunos de estos cruzados españoles. Sus andanzas no resultan muy conocidas al haberse tratado de un tema muy poco estudiado. De hecho, el principal texto sobre el tema continúa siendo un clásico del siglo XIX, Españoles en las Cruzadas, obra de Martín Fernández de Navarrete (1765-1844).

Uno de los primeros personajes peninsulares cuya historia está ligada a Tierra Santa es el conde de Barcelona Berenguer Ramon II (c. 1053-1097), llamado el Fratricida, quien, forzado por las presiones internas, tras finalizar la tutoría de su sobrino Ramon Berenguer III optó por irse a Palestina, donde iba a terminar sus días. Resulta discutible si lo hizo como cruzado o solo como humilde peregrino, pero queda la certeza de que esas lejanas tierras fueron el escenario del fin de este conde catalán.

El conde de Cerdaña, Guillem II (?-1109), apodado Jordán, como todos los bautizados en ese bíblico río, sí que iba a pasar a la historia de forma más destacada por su decidida lucha en pos de la recuperación de los Santos Lugares. Participó tenazmente en el sitio de Trípoli, ciudad donde murió poco después de su ocupación en extrañas circunstancias, al alcanzarlo una flecha perdida en medio de una disputa entre los propios cristianos, algo que no resulta extraño en la historia de las Cruzadas, preñadas de enfrentamientos entre facciones de cristianos. Guillem Jordán había participado en la primera cruzada siguiendo a Raimundo IV de Tolosa (c. 1045-1105), un noble europeo que fue uno de los pioneros que tomaron la cruz y una de las figuras más destacadas de esa Primera Cruzada. Raimundo ya había luchado en España contra los musulmanes y se considera que albergaba el proyecto de reconquistar Tierra Santa incluso antes de que Urbano II lo formalizara en el Concilio de Clermont (1095), ya que este acudió ex profeso a consultarle antes de dicha reunión de la curia. Otros papas anteriores, como Gregorio VII, habían sugerido ya la idea. Con Raimundo partieron muchos otros caballeros procedentes de los reinos de España que, por razones de parentesco o fidelidad, acompañaron al séquito del conde tolosano. También siguió a Raimundo IV su tercera esposa, doña Elvira, hija de Alfonso VI de Castilla-León. Raimundo dirigió el tercer cuerpo de la Primera Cruzada, participó en todas las batallas principales de esta campaña y, secundado por Guillem Jordán, tomó Tortosa, en la región de Antioquía, en el año 1102. Construyó en Trípoli el castillo de Monte Peregrino, donde nació uno de sus hijos varones, Alfonso, a quien también se lo iba a llamar Jordán. Raimundo murió durante el asedio de Trípoli después de sentar las bases del futuro condado articulado en torno a esta ciudad siria. Alfonso, que era el heredero del condado de Tolosa, iba a acabar sus días en Tierra Santa, al igual que su padre, en el año 1112. El condado de Trípoli fue constituido por el hijo bastardo de Raimundo, Bertrán.


Los españoles y las Cruzadas


Los almohades, causa del abandono de la cruzada
Además de los muchos españoles que formaron parte de las tropas del conde de Tolosa y de la comitiva de doña Elvira, hay constancia de muchas otras personas que, sacudidas por la misma devoción que miles de europeos, lo dejaron todo para seguir al noble Godofredo de Bouillon, líder de la primera cruzada, en su aventura. Sus nombres aparecen en las crónicas como héroes destacados en la lucha contra los sarracenos, en la difícil frontera que separa la leyenda de la historia. Ese es el caso de Guillem Ramon, Arnau Miró, Ramon Folch, Rodrigo González Girón, Golfre de las Torres o Pedro González Romero, entre muchos otros. Todos ellos fueron cruzados procedentes de Aragón, Castilla, Cataluña o Navarra, como los que formaron las tropas con las que el infante de Navarra Ramiro Sánchez, nieto del rey García el de Nájera, consiguió entrar en Jerusalén.

Con la llegada de los almohades a la península en el año 1145, los diversos reinos cristianos se vieron obligados a replegarse en defensa de sus fronteras. La conquista de los Santos Lugares quedó entonces relegada a un segundo término, tal y como demuestra la escasa presencia de españoles en las expediciones a Palestina que siguieron a la primera cruzada.

No sería hasta el siglo XIII que aumentaría de nuevo el número de combatientes de la península -en este caso, navarros- en Tierra Santa, coincidiendo con la llegada al poder de la dinastía francesa de Champagne en el reino de Navarra. Tanto Teobaldo I (1201-1253) como su hijo Teobaldo II (1235-1270), monarcas de esta dinastía, participaron con sus tropas activamente en las cruzadas. El primero, en la promovida por Gregorio IX, aunque con escaso éxito debido a la falta de organización y a los continuos desacuerdos entre los diferentes príncipes cristianos. El segundo, mientras tanto, siguió al rey Luis IX de Francia en su expedición contra Túnez en el año 1270, y halló la muerte en el camino de regreso a casa.


Ramón Llull

Ramon Llull y la cruzada imposible
El filósofo y literato Ramon Llull (1232/1233-1315/1316) fue una de las personalidades más destacadas de la Edad Media. Sus obras constituyen uno de los principales legados de la cultura cristiana medieval. Solo una mala coyuntura económica y social evitó que su nombre brillara también con luz propia en la historia de las cruzadas de Tierra Santa. Con un empeño infatigable que bien podría compararse al del ermitaño Pedro de Amiens -promotor de la primera cruzada- o al de san Bernardo de Claraval -artífice de la segunda-, este sabio mallorquín recorrió durante más de treinta años las principales cortes europeas intentando, sin éxito, retomar la lucha contra los musulmanes. Desde su conversión hacia 1263, Llull había decidido consagrar su vida a la evangelización de los paganos. La caída en 1291 de la ciudad de San Juan de Acre (Akko, en el actual Israel), último bastión de los cristianos en Oriente, en manos de los musulmanes, lo empujó a presentar ante la Santa Sede su plan para destruir definitivamente el paganismo.


La importancia del idioma
Para Llull, la conversión de los infieles dependía tanto de la lucha armada (la cruzada) como de la predicación que debían llevar a cabo personas preparadas y conocedoras del idioma de lo infieles (árabe y hebreo). Los gastos derivados de ambas estrategias debían ser sufragados con las décimas de la Iglesia hasta que se recuperase la Tierra Santa de Jerusalén.

Muestra de la preocupación de este eminente sabio por el deplorable estado en que se encontraba Palestina y por el inexorable avance del Islam es el importante número de obras que dedicó al tema. A través de las páginas de Tractatus de modo convertendi infideles (1292), Liber de fine (1305), Liber de acquisitione Terra Sanctae (1309) e incluso el breve Quomodo Terra Sancta recuperari potest (1292), Llull expuso de forma detallada los pasos a seguir para llevar a cabo su plan de evangelización. Sin embargo y a pesar de su tesón y esfuerzo, Ramon Llull nunca consiguió convencer ni a los papas ni a los reyes para embarcarse en una nueva cruzada.


Quizás fue la experiencia de más de doscientos años de luchas estériles, culminadas con el fracaso del rey san Luis de Francia en la Octava Cruzada, o tal vez la necesidad de los príncipes cristianos de afirmar y extender sus dominios en el continente, lo que convenció a los europeos de finales del siglo XIII de la inutilidad de la propuesta llulliana y de otras ideas para extender el dominio evangélico. Sea como sea, las cruzadas nunca volverían a ser lo mismo, a pesar de los posteriores intentos de reorganizar la cristiandad contra el Islam, entre los que cabe destacar el proyecto que, dos siglos después, en 1455, planteó el rey de Aragón y Cataluña Alfonso V el Magnánimo.

Tras fracasar la Séptima Cruzada y la Octava, con la caída de San Juan de Acre terminó el mayor sueño colectivo de la cristiandad. Acababa en falso una quimera que había conducido a miles de personas de toda condición a atravesar el mundo y sacrificar sus vidas en pos de un ideal: la recuperación de Tierra Santa. Un objetivo que configuró a fuego y espada las relaciones entre Occidente y Oriente, y originó un choque de civilizaciones que aún hoy muestra su vigencia en conflictos como el terrorismo de Al Qaeda o la invasión americana de Iraq.

LOS ESPAÑOLES Y LAS CRUZADAS (1) >>>

Fuente:
Revista Clío

Bibliografía
- Fernández de Navarrete, M., Los españoles en las cruzadas, Polifemo, 1986.
- González, C., La tercera crónica de Alfonso X: "La Gran Conquista de Ultramar", Tamesis, 1992.
- Maalouf, A., Las Cruzadas vistas por los árabes, Alianza, 2003.
- Mayer, H.E., Historia de las Cruzadas, Istmo, 2001.
- Oldenbourg, Z., Las Cruzadas, Edhasa, 2003.

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todos entramos en pugna con otras personas, es bueno conocer la estrategia para resolverlos. La estrategia preferible de hacerlo es la negociación, pero no siempre funciona.

Si elige participar en un conflicto, lo mejor es ganar cuanto antes con el mínimo daño propio y a ser posible, del adversario.

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